Si la lluvia, descontrolada, salvaje, empapadora de todo, ha sido capaz de echar abajo lienzos de muralla vieja -cristiana, mora, incluso romana en tramos- que habían soportado todo, o casi, sin inmutarse ni rechista en siglos, no debe extrañarnos que esa misma agua, en lugar distinto y plano, sea capaz de estar volviendo semi loco a más de uno. Y así ven lo que no habrá o callan lo que sí hay. Y si esa agua que anega campos, desborda pantanos -¡gracias por esto, don Paco!- y arruina la vida a los más pobres...; esos que ven como sus casas, sus enseres -sus anceres que leí durante años en un chambao malagueño para guardar enseres de pesca- sus cuadros, su ropa de casa y cama y hasta los juguetes de los nietecillos se pierden, para siempre, bajo toneladas de agua y barro chocolateado, en tantos pueblos españoles próximos a cursos fluviales invadidos, es capaz, el agua digo, de derribar murallas, no debe extrañarnos que remate la faena de años y hunda la tierra en nuestra Mancha. Y digo que el agua que es capaz de echar abajo paramentos de la muralla al pié de la que paseaba la bellísima Judía de Toledo, aquella que encandiló y hizo babear a todo un rey, o de la que, en Jerez de los Caballeros, protegió, hasta donde pudo, a los caballeros templarios allí afincados -cabreadores de papas, reyes y obispos- y dirigió, una vez consumada la escabechina habida, la sangre que corría desde el castillo hacia las partes bajas de la ciudad, con igual razón puede estar hundiendo las vegas de nuestros ríos. Y la gente, incluso los expertos, y no digamos los políticos, hablan de ello queriendo tranquilizar a las gentes y dar carta de naturaleza-natural al fenómeno. Y no es que no sea así, como lo cuentan, pero resulta que siempre puede faltar algo que, si bien no modifica los resultados, sí puede explicar, y de hecho lo hace, el origen. Y así, resulta que los hundimientos de estos últimos días no son cosa de ahora, ni de hace cien o mil años. Los hundimientos en La Mancha, en los acuíferos 23 y 24 son cosa de un muy viejo pasado. Incluso puede que algún animal prehistórico o algún antepasado nuestro de quijada prominente en exceso, tipo emperador Carlos, y cuerpo protegido de pieles sin curtir, cayese ya por el célebre hundimiento de Ruidera, ese que nos regala imponente cola de caballo, tras un invierno como el que nos cala los huesos.
Los hundimientos que vemos hoy, como los de hace unos lustros producidos en zonas no de vega, ya tratados y anunciados en estas páginas tras la cuasi desecación de los acuíferos años atrás, especialmente del 23, son consecuencia, al estilo de los hundimientos de hoy en zona de turbas, de una disminución de masa o volumen del terreno y de las propias turbas. Cuando arden o cuando la extracción salvaje de agua seca la esponja subterránea, el subsuelo se comprime, pierde volumen, se convierte en algo como polvo y, o bien se hunde en ese mismo momento, o bien se hunde cuando, tras recibir un aporte de agua importante, pesa demasiado y la falta de apoyo -polvo y más polvo- no puede soportar el peso y una parte del terreno se desmorona y se va con Pedro Botero. Y todo, y esto es lo que no se dice por no ser políticamente correcto, es culpa de desecación feroz de los acuíferos causada por los riegos. Y así, sobre todo en el 23, aun con Opción 0, la recuperación completa de lo de abajo tardaría décadas. O sea, que no van a volver llorar los ojos mañana, ni pasado, ni el año que viene, ni mucho menos a recuperarse.