Valdés se lamenta de una ocasión fallada
El fútbol es un trago envenenado, pura cicuta. Lo sabe, desde ayer, un Puertollano mayor que abrazó los fundamentos del juego y acarició la pelota con un despliegue coral ceremonioso, palpitante, que llegó de música los rincones del Sánchez Menor, pero que apenas sirvió para que los azules se marcharan a casa tarareando la nana del desconsuelo. El empate premió en exceso el conservadurismo de un Vecindario ramplón, y castigó los pecados veniales de un conjunto, el industrial, que purgó en su mejor partido la condena de los errores pasados. Sólo así se explica que los locales no lograsen meter en el zurrón el primer triunfo de un año que va para maldito.
Quizá sea verdad que el fútbol tiene memoria y hostiga con saña desaires pasados. Cuesta creer que el Puertollano que se arrastró sobre el césped ante Sporting B y Cerro Reyes fuera el mismo que saltó ayer al Sánchez Menor para exhibir un repertorio de recursos casi abrumador. Apenas hubo ajustes y fueron pocos los cambios nominales en el once, donde parte del talento se quedó en el banco. A pesar de ello, el Puertollano pidió el balón para sí desde el silbido inicial del colegiado, y no lo soltó hasta que, extenuado, tuvo que bajar los brazos y rendirse a la evidencia. En el fútbol, no siempre gana el mejor.
Tuvo el partido un par de buenas noticias. La primera, y más evidente, la vuelta de Javi Ballesteros. Trotó sobre el campo y pujó un par de veces con los centrales para volver a sentirse futbolista. Pronto le llegará el olfato, y el ariete afilará el pulso al olor de la sangre. Honorio y Acorán volvieron por donde solían, desequilibrantes en el mano a mano, y Addison encontró portería después de meses sin tocar las mallas. Eso por delante. Por detrás quedó otra vez manifiesta la sobriedad de Pomar, efectivo en el cruce y generoso en el derroche, y volvió a adivinarse un jugadorazo en el talle de Martín Vaquero. Incluso Pelegrina se saltó la tarjeta que tiene por suscripción y se marchó a casa impoluto.
Los pálpitos eran inmejorables, pero pronto se torció el gesto. Después de veinte minutos soportando el asedio de una tropa luminosa, el Vecindario cruzó medio campo. Lo hizo a balón parado, con un pelotazo de cincuenta metros que cayó a pies de Fran. Su zapatazo encontró la escuadra de Calleja.
El soplido del lobo no sirvió, en esta ocasión, para desmontar la casa. La moral del Puertollano en la mañana de ayer tenía mucho de cemento. Si los primeros veinte minutos fueron buenos, lo siguientes fueron formidables. Gomis probó las manoplas de Santi, y Addison se topó con un defensa cuando su cabezazo iba camino del gol. El descanso le cogió a la UDP en plena vorágine ofensiva, y todos, industriales y grancanarios, tuvieron que frotarse los ojos para creerse que el partido se marchaba 0-1.
Calcó el Puerto las formas en el segundo acto del encuentro. Nada más levantarse el telón se agarró a la pelota y creció a través de ella, vivió y murió cosido al cuero. El interludio no sirvió para corregir un defecto de forma en el once industrial, y Benigno tardó diez minutos en darse cuenta de que faltaba pimienta y sobraba un mediocentro. Al campo saltó el mejor Honorio que se recuerda.
Cumplida la hora, la locura empapó el choque. Yeray cabeceó en el área pequeña un centro medido de Rubén para que Calleja, con una pata de palo todo el partido, pusiera corazón en las manoplas y mantuviera el pulso al encuentro. De sus guantes, segundos después, nació la mejor jugada del choque. Sacó en corto el meta y el Puertollano tocó y tocó sin miedo a nada. Con paciencia y con sentido. Un minuto después, Honorio tenía tras de sí un reguero de cadáveres, y Valdés ganaba línea de fondo con el balón. Centró y empaló Encinas, y la grada estalló de júbilo. Y volvió por sus fueros cuando, un minuto después, Addison certificaba la remontada desde los once metros. Lástima que el Vecindario eligiera el día de ayer para situar la mira en la escuadra, que fue donde Yeray clavó el cuero tres minutos después, para empatar una contienda desigual que no admitió más variaciones por más que uno, Vecindario, y sobre todo otro, Puertollano, intentaran desnivelar la balanza. No hubo forma.
Pero en el fútbol, como en la vida, hay maneras de ganar y de perder, incluso de empatar. El Puertollano eligió la mejor, porque recordó a su hinchada que el alma del equipo no se ha podrido del todo, y cabe un resquicio para la recuperación. Si elige el fútbol para seguir andando el camino, tarde o temprano la pelota se pondrá de su parte, porque la suerte es una amante caprichosa a la que hay que cortejar con obstinación. Poco duran en el éxito las farsas construidas con apariencias. Lo mejor es jugar bien al fútbol, como ayer. Sólo falta el gol, pero para eso llega al rescate Javi Ballesteros.